Dos de las figuras más influyentes del establishment global coincidieron en Davos en un diagnóstico poco habitual: las élites han perdido tanto la confianza del público como la capacidad de imponer el relato que durante décadas sostuvo su legitimidad.
El fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, admitió recientemente que las élites “han perdido el control de la narrativa”, reconociendo que el discurso globalista que durante años guió la confianza pública se ha derrumbado. Según Schwab, este colapso ha hecho que la cooperación internacional sea “casi imposible” y ha obligado a las élites a “pensar cómo crear un relato completamente nuevo”, ante el creciente nivel de rechazo social.
Sus declaraciones implican una admisión explícita de que la idea de líderes no electos “guiando” a la humanidad ya no resulta creíble para amplios sectores de la población, y que quienes ocupan la cima del poder global ahora se ven forzados a improvisar.
En una línea similar, el CEO de BlackRock y copresidente del WEF, Larry Fink, reconoció durante el Foro de Davos 2026 que “las élites” han perdido la confianza pública y que incluso el propio encuentro parece hoy “fuera de sintonía con el momento actual”.
Fink admitió que existe “algo de verdad” en las críticas contra el Foro y subrayó que el mundo deposita hoy “mucha menos confianza” en estas instituciones para moldear el futuro. Advirtió que, si el WEF pretende seguir siendo relevante, deberá recuperar esa confianza ampliando las voces presentes, siendo más transparente y dialogando con quienes no se sienten representados.
El directivo atribuyó gran parte de la desconfianza al hecho de que la riqueza generada en las últimas décadas se ha concentrado en manos de unos pocos. La prosperidad, afirmó, no puede medirse solo en términos de PIB, ya que desde 1990 los beneficios económicos en los países desarrollados se han acumulado “en una proporción mucho más reducida de personas de lo que cualquier sociedad sana puede sostener”.
Las declaraciones de Schwab y Fink, provenientes de dos de los principales referentes del poder económico y político global, reflejan un reconocimiento inusual: el relato del globalismo ha dejado de funcionar, y la brecha entre las élites y la sociedad es hoy uno de los mayores desafíos para el orden internacional existente.















































































