Por Prof. Ruel F. Pepa
Los recientes acontecimientos en Siria, marcados por lo que muchos describen como la “caída de Asad”, están lejos de ser el capítulo final del conflicto. Contrariamente a las narrativas populares de capitulación, la salida de las fuerzas de Asad de Damasco se entiende mejor como una maniobra calculada forjada mediante consultas exhaustivas entre el gobierno sirio y sus aliados rusos. Más que señalar una rendición, esta retirada refleja una estrategia táctica destinada a recuperar el control sobre Siria en el largo plazo.
El contexto estratégico
El complejo conflicto sirio se ha visto condicionado por la participación de numerosos grupos insurgentes, muchos de los cuales reciben el apoyo de Estados Unidos e Israel. Estos grupos han vuelto peligrosamente restringido el panorama político y militar para el gobierno de Assad. En tales condiciones, luchar contra enemigos atrincherados en un Damasco muy disputado podría provocar una mayor fragmentación y el agotamiento de las fuerzas leales. En cambio, dar un paso atrás crea una oportunidad para reagruparse y fortalecer las defensas de Assad.
Esta retirada permite al gobierno de Assad escapar del estrecho espacio creado por las facciones terroristas y consolidar sus recursos. Al trasladar su foco de atención fuera de Siria, las fuerzas leales ganan espacio para rearmarse, reorganizarse y prepararse para futuras ofensivas. Históricamente, estas retiradas estratégicas han demostrado ser precursoras eficaces de contraataques, especialmente cuando permiten a las fuerzas atacar desde direcciones inesperadas.
Lecciones de la historia
La dinámica que se está desplegando en Siria recuerda a otros contextos geopolíticos en los que los patrocinadores externos de los gobiernos insurgentes terminan perdiendo el interés. El menor compromiso de Estados Unidos con Afganistán tras décadas de participación es una advertencia. Un escenario similar es plausible en Siria, donde el gobierno islamista, ahora apoyado por recursos estadounidenses e israelíes, podría enfrentarse al abandono a medida que esas naciones vuelvan su atención hacia el interior debido a sus propios conflictos prolongados.
Las batallas que Israel mantiene en curso con Hamás y Hezbolá, sumadas a la participación de Estados Unidos en Ucrania junto con sus aliados de la OTAN, ponen a prueba la capacidad militar y económica de ambos países. Estas presiones sugieren una probable reducción de su capacidad o voluntad de sostener al gobierno islamista en Siria a largo plazo. La estrategia de Asad parece depender de esta eventualidad.
Una pausa calculada
La actual calma es parte de un juego más largo. Las fuerzas de Assad –y sus aliados rusos– están ganando tiempo para evaluar a sus enemigos, reagruparse y fortalecerse. Cuando las tensiones regionales se alivien y los aliados externos flaqueen, las condiciones serán propicias para una contraofensiva. En ese escenario, las fuerzas de Assad pueden aprovechar la debilitada determinación de sus oponentes para recuperar el territorio y el gobierno sirios.
Aunque el control del poder del actual gobierno islamista puede parecer seguro, sus bases son precarias. Su dependencia del patrocinio extranjero lo deja vulnerable a los cambios en las prioridades y alianzas globales. La retirada estratégica de Assad es un reconocimiento de esta realidad y una preparación para el momento oportuno de contraatacar.
El camino por delante
La retirada de Assad no debe confundirse con una resignación. Es, más bien, una respuesta calculada a un campo de batalla que ha sido remodelado por fuerzas externas y el caos interno. La consolidación de fuerzas leales fuera de las fronteras de Siria es una clara indicación de intenciones: la determinación de sobrevivir al gobierno insurgente y recuperar Siria cuando las condiciones sean favorables.
El actual régimen islamista puede parecer victorioso por ahora, pero la historia y las tendencias geopolíticas sugieren que su posición dista mucho de ser segura. Cuando cambie el equilibrio de poder, las fuerzas de Assad probablemente aprovecharán la oportunidad para regresar, esta vez con ventaja.
Conclusión
La llamada “caída de Assad” no es el fin, sino una pausa estratégica. Es una medida calculada para asegurar la supervivencia, la preparación y el resurgimiento eventual. A medida que los partidarios externos del gobierno islamista se preocupan por otros conflictos y prioridades, el escenario estará listo para que las fuerzas de Assad recuperen su posición. Este conflicto está lejos de terminar, y su resultado final puede redefinir la región una vez más.
El profesor Ruel F. Pepa es un filósofo filipino que vive en Madrid, España. Académico jubilado (profesor asociado IV), enseñó filosofía y ciencias sociales durante más de quince años en la Trinity University of Asia, una universidad anglicana de Filipinas. Colabora habitualmente con Global Research.










































































