Por Mollie Engelhart
Hace poco estaba leyendo un artículo académico que me hizo reflexionar. En él se hablaba de algo llamado «tercer espacio» o «tercer lugar» y de su silenciosa desaparición de la vida moderna.
Nunca antes había oído hablar de ese término, pero cuanto más leía, más me daba cuenta de que describía algo que muchos de nosotros sentimos sin tener palabras para expresarlo. El artículo no era meramente sociológico. Se centraba en el cerebro, en la salud neurológica y en cómo la pérdida de estos espacios está afectando a nuestro sentido de conexión, seguridad y pertenencia.
Como persona profundamente interesada en la comunidad y en las relaciones humanas auténticas, esto me llamó la atención de inmediato. Quería entender de qué trataba realmente el artículo, sobre todo para aquellas personas que quizá no estén familiarizadas con el concepto.
La idea es sencilla. El primer espacio es el hogar. Es donde reside nuestra identidad doméstica: la familia, el descanso, la intimidad y la rutina. El segundo espacio es el trabajo. Es donde contribuimos, producimos y creamos valor. El tercer espacio se sitúa entre ambos. Es el lugar neutral y compartido donde las personas se reúnen de manera informal, sin obligaciones ni expectativas. Históricamente, estos eran los cafés, las iglesias, las plazas, las peluquerías, las bibliotecas, los restaurantes de barrio, los bares y los mercados. Lugares a los que podías acudir, donde te reconocían y en los que te sentías integrado sin necesidad de lograr ni demostrar nada.
Lo que más me llamó la atención al leer este estudio fue lo esenciales que son estos espacios para la salud neurológica. El cerebro depende de una interacción social corporal y sin grandes presiones. El contacto visual. Rostros conocidos. Conversaciones informales. Risas compartidas. Estas interacciones activan la parte del sistema nervioso relacionada con la seguridad y la conexión. Ayudan a regular el estrés. Nos sacan de ese estado de vigilancia constante y de detección de amenazas.
Los «terceros espacios» también ofrecen algo que muchos de nosotros echamos de menos ahora: flexibilidad identitaria. Son lugares en los que no nos reducimos a nuestros roles. No solo somos padres. No solo somos trabajadores. Somos simplemente seres humanos entre otros seres humanos. Sin ese espacio intermedio, la identidad se derrumba sobre sí misma. La vida pasa a estar dominada únicamente por el hogar y el trabajo. La mente se estrecha. El pensamiento se vuelve más rígido. La ansiedad y la soledad aumentan, incluso cuando estamos constantemente conectados a Internet.
Mientras reflexionaba sobre esto, me di cuenta de algo incómodo. Muchos de nosotros, yo incluido, ya no tenemos un tercer espacio. Y, en muchos casos, también hemos perdido por completo el segundo espacio.
Trabajo desde casa. Vivo donde trabajo. Recibo visitas donde vivo. Mi identidad doméstica, mi identidad laboral y mi identidad social se concentran todas en el rancho. Apenas hay separación física ni neurológica. El sistema nervioso nunca se restablece por completo. El hogar ya no es un lugar puramente reparador, y el trabajo nunca termina del todo.
En cierto modo, las charlas públicas, las conferencias y las firmas de libros se han convertido en mi segundo espacio. Cuando viajo, cuando salgo de mi tierra, siento ese cambio. Pero darme cuenta de ello me llevó a plantearme una pregunta más profunda: si yo echo de menos un tercer espacio, ¿cuántas personas más lo echan de menos también?
Y, lo que es más importante, ¿podemos crear uno de forma intencionada?
Siempre he creído que la tierra, la comida y las comidas compartidas son vínculos muy fuertes. Tenemos un rancho. Tenemos un restaurante. Tenemos un lugar al que la gente acude para comer, para reunirse, para sentirse bienvenida. Pero esta investigación me ha llevado a reflexionar más detenidamente. ¿Basta con tener simplemente un espacio? ¿O necesitamos crear espacios dentro del espacio?
Hoy en día, un verdadero «tercer espacio» ya casi nunca surge por casualidad. Hay que diseñarlo a propósito. Necesita ritmo y coherencia. Necesita repetición sin rigidez. Algo que anime a la gente a salir de casa y a relacionarse. Algo que diga: «Esto ocurre aquí, con regularidad, y tú formas parte de ello».
Fue entonces cuando la idea de celebrar reuniones mensuales empezó a tomar forma. Eventos periódicos que fomentan la familiaridad y la confianza. Espacios en los que las personas pueden acudir, sentirse vistas y escuchadas, y entablar conversaciones auténticas en el mundo real.
Es para mí un gran honor que la primera de estas jornadas se ponga en marcha en colaboración con el Brownstone Institute y Jeffrey Tucker, a quien muchos lectores reconocerán por sus artículos en *The Epoch Times*. Vamos a poner en marcha un club gastronómico el último viernes de cada mes con la intención de recuperar el «tercer espacio», mesa a mesa.
En una conversación reciente, Jeffrey compartió algo que se me quedó grabado. Al principio, admitió, se sentía frustrado porque cada vez más ciudades querían acoger «supper clubs». Le parecía que se estaba diluyendo la idea. Pero luego se dio cuenta de lo que estaba pasando realmente. Se trataba de una idea a la que se había comprometido a dar forma, estructura y expresión en el mundo real. Una vez que lo vio de esa manera, comprendió que no era algo a lo que debiera resistirse, sino algo que debía acoger con los brazos abiertos.
Me alegra que nuestro rancho sea uno de los lugares donde ese compromiso se hace realidad.
Quiero animar a la gente a crear de forma consciente «terceros espacios» en sus propias comunidades. Vivimos en un mundo en el que se nos dice constantemente que los correos electrónicos, las redes sociales y los mensajes de texto cuentan como interacción social. Puede que una parte del cerebro se sienta estimulada temporalmente por ello, pero no es lo mismo que recibir alimento emocional.
Hay algo esencial en estar físicamente presente junto a otra persona. Un abrazo. Un apretón de manos firme. Mirar a alguien a los ojos. Compartir el espacio y el tiempo juntos. Nuestro sistema nervioso sabe la diferencia, aunque nuestra cultura pretenda lo contrario.
Seguiré creando espacios para que la gente se reúna en torno a diferentes intereses y compromisos, con la esperanza de que las propuestas resulten lo suficientemente atractivas como para ayudarnos a salir de la rutina y volver a formar parte de la comunidad. Pero esto no puede limitarse a un solo lugar o a una sola mesa.
Os invito a todos a hacer lo mismo. Cread estos espacios allí donde viváis. Y si no estáis en condiciones de acoger a otras personas, al menos acudid cuando alguien de vuestra comunidad tenga el valor de crear esa oportunidad.
Empezamos en esta estación fría y tranquila, con la esperanza de que algo vivo pueda crecer a lo largo del año. Pero más allá de cualquier acontecimiento concreto, lo que más me importa es la verdad más amplia que ha revelado esta investigación.
¿Qué podría ser más importante ahora mismo que reunirnos? ¿Que debatir sobre la sociedad cara a cara? ¿Que entablar relaciones que vayan más allá de las pantallas y los algoritmos?
La desaparición del «tercer espacio» ha dejado a las personas solitarias, ansiosas, polarizadas y desorientadas. Reconstruirlo no es nostalgia. Es una cuestión neurológica. Es una cuestión cultural. Es una cuestión humana.
Aquí es donde empezamos. Alrededor de una mesa. En un lugar donde se conoce a la gente. Y con la esperanza de que se pueda recuperar el tercer espacio.
Publicado de nuevo a partir de The Epoch Times

Mollie Engelhart es agricultora, ganadera y restauradora. Es autora del libro *Debunked by Nature: Cómo una chef vegana convertida en agricultora regenerativa descubrió que la Madre Naturaleza es conservadora*.
Fuente original (en inglés): Instituto Brownstone
Traducido y editado por el equipo de Diario de Vallarta & Nayarit.
Autora: Mollie Engelhart