Alicia Cosío, artesana de 61 años, teje bolsas a mano en una banqueta de Mezcales, donde trabaja diario pese a una lesión permanente en el pie. Con 40 años de oficio, recibe encargos del extranjero porque en la región casi no venden sus piezas.
Bajo la sombra de un árbol en la calle Nezahualcóyotl, rumbo a la Unidad Deportiva de Mezcales, trabaja cada día Alicia Cosío Candelario, una artesana de 61 años que, con dedicación y precisión, teje bolsas completamente a mano. Su pequeño espacio en la banqueta funciona como taller, sustento y refugio.
Originaria de Santa Catarina, municipio de Mezquitic, Jalisco, Alicia llegó a Bahía de Banderas hace cinco años. Desde entonces, entre las 9:00 de la mañana y las 3:00 de la tarde, se sienta frente a su telar improvisado —amarrado a un árbol y sostenido también con su propio cuerpo— para avanzar en las piezas que le encargan desde el extranjero, ya que en la región, explica, “casi no se vende porque se les hace caro”.
Su trabajo, sin embargo, es minucioso y completamente artesanal. Una sola bolsa puede tardar entre 19 y 20 días en completarse, utilizando entre cuatro y seis tipos de hilo y decenas de varillas delgadas que guían cada puntada. Al finalizar, la vende entre 1,800 y 2,500 pesos, precios que poco reflejan el esfuerzo, las horas invertidas y la precisión que exige no equivocarse “ni un solo hilo”, como ella misma afirma.

Alicia comenzó a tejer a los 21 años, acumulando ya cuatro décadas de experiencia. Pero su historia también es la de una mujer que trabaja pese a las limitaciones físicas. Hace 16 años sufrió un grave accidente mientras laboraba como jornalera: se fracturó el pie y la cadera. Tras múltiples cirugías, clavos y años en andadera, hoy solo puede caminar con un bastón. Aun así, no dejó de trabajar.
“Yo no puedo andar para allá y para acá… esto es lo único que puedo hacer”, comenta Alicia mientras continúa tejiendo sin detener el ritmo de sus manos. A su lado guarda sus recipientes de agua y comida, porque pasa gran parte del día en el lugar. Vive con su hijo, quien también trabaja, pero la artesanía sigue siendo su principal ingreso.
Pese a la precariedad, Alicia agradece el permiso del dueño del terreno donde se encuentra el árbol que le da sombra. Ahí ha tejido durante cuatro años, sin pedir nada más que un espacio donde seguir generando su propio sustento.
Su labor es cada vez menos común: un oficio manual, heredado y sostenido por la disciplina. Quien pasa por la zona puede verla sentada, concentrada en cada hilo, dando vida a una artesanía que no solo es una bolsa, sino el resultado de su resistencia diaria.
Alicia no pide ayuda. Solo trabaja. Por eso, quienes la conocen invitan a quienes pasen por Mezcales a valorar su oficio, encargarle una pieza o apoyarla con un adelanto. Detrás de cada puntada, hay una historia de lucha, de dignidad y de un oficio que merece ser preservado.