La eliminación del mural de La Noche de la Iguana reaviva el debate sobre el uso de proyectos culturales efímeros en el Centro Histórico, una zona protegida por normativas que priorizan la preservación arquitectónica y la identidad vallartense.
Escrito por Alan Yamil
La reciente eliminación del mural inspirado en La Noche de la Iguana, creado por el artista Art Sharo e inaugurado durante la entrega de los Premios Ariel en Puerto Vallarta, reactivó un debate de fondo: la falta de políticas culturales sostenidas, la confusión sobre la vocación del Centro Histórico y el uso de proyectos efímeros como herramientas de promoción sin continuidad ni arraigo.
El mural, presentado por la Secretaría de Turismo como emblema del “inicio de un distrito artístico” en la zona centro, fue borrado con pintura blanca a pocos meses de su instalación. Aunque la artista confirmó que la obra fue concebida desde el inicio como “efímera” por condiciones contractuales, la desaparición provocó críticas sobre la estrategia institucional que apela a la identidad local solo durante eventos mediáticos, sin garantizar preservación ni registro.
Normativa ignorada y vocación del Centro Histórico

Especialistas en patrimonio señalan que, más allá del impacto simbólico, el caso evidencia un problema estructural: el Centro Histórico de Puerto Vallarta cuenta con marco normativo estatal y municipal que define con claridad su vocación de conservación.
A nivel estatal, la Ley de Patrimonio Cultural del Estado de Jalisco protege la zona como parte de los bienes culturales del estado. A nivel municipal, el Reglamento de Imagen del Centro Histórico establece directrices estrictas para la preservación de fincas, incluyendo una colorimetría que privilegia el blanco, permitiendo color únicamente en guardapolvos y marcos. En ese polígono, los murales no están permitidos salvo como intervenciones temporales.
Quienes impulsan murales dentro del Centro Histórico —incluyendo colectivos y funcionarios— estarían, según especialistas, contraviniendo disposiciones legales que buscan resguardar la fisonomía histórica. Señalan que la insistencia en usar cualquier finca como lienzo refleja un desconocimiento de la vocación del área: rescate, preservación y continuidad, no intervención gráfica permanente.
Se ha señalado también la necesidad de que colectivos como ROMPE y otros promotores del muralismo se alineen con la agenda de conservación, enfocándose en zonas donde estas expresiones tienen cabida, y no en el polígono histórico que cuenta con reglas definidas.
Una historia que se repite

La discusión tampoco es nueva. Años atrás, un mural de Tony Collantez realizado en colaboración con Café des Artistes también fue eliminado sin mayor reacción pública. Artistas locales recuerdan que, históricamente, el arte urbano en Vallarta ha sido efímero por naturaleza: un mural puede durar años o solo días antes de ser cubierto por un tag, pintura o por decisiones administrativas.
Sin embargo, señalan que mientras artistas con trayectoria local han trabajado durante años sin reconocimiento institucional y enfrentando incluso intimidación policiaca en el pasado, hoy los murales reciben atención repentina cuando se convierten en herramientas de imagen para gobiernos o eventos culturales.
La falta de mantenimiento y seguimiento es otra constante. Ejemplo de ello, mencionan, es el parque de la colonia Buenos Aires, a espaldas de la iglesia El Refugio. Pese a haber sido intervenido con murales en dos ocasiones —incluyendo la obra del Canelo Álvarez— el espacio presenta canastas destruidas, juegos inservibles y acumulación de basura. “Los murales no salvaron el parque”, señalan vecinos. “No hay participación ciudadana ni una política real que garantice que estos espacios se mantengan dignos”.
Identidad en riesgo: arquitectura, memoria y participación
Para residentes y actores culturales, el caso del mural evidencia un problema mayor: la pérdida sistemática de la identidad arquitectónica y cultural del centro.
A la par de murales temporales, avanza la demolición o alteración de fincas tradicionales de adobe, ladrillo y teja, la construcción de torres fuera de escala y la deforestación para nuevos desarrollos comerciales. Estos procesos han transformado el paisaje urbano al punto de que, para algunos habitantes, “Vallarta ya no se parece al lugar que inspiró la película”.
Incluso la estatua de John Huston —movida sin consulta a la familia— es mencionada como ejemplo de decisiones que afectan símbolos identitarios sin el debido diálogo.
Dany Huston, hijo del cineasta, habría confirmado que su familia nunca ha sido contactada por autoridades locales ni informada sobre cambios a la emblemática rotonda del río Cuale.
Un modelo de cultura de corto plazo
La eliminación del mural ha dejado una interrogante central: ¿es la obra la que fue efímera o lo es la visión institucional sobre la cultura en Puerto Vallarta?
Mientras el Centro Histórico cuenta con normativa clara orientada a preservar su autenticidad, la implementación ha sido desigual. La falta de continuidad, coordinación institucional y participación ciudadana ha permitido que proyectos vistosos sustituyan, aunque sea temporalmente, la responsabilidad de proteger una identidad en riesgo.
En la pared donde estuvo el mural, ahora solo queda una superficie blanca. Para muchos, un símbolo elocuente de la tensión entre la memoria que buscan preservar los habitantes y el modelo de cultura que privilegia lo inmediato, lo mediático y lo fugaz.













































































