Por Juan Manuel de Prada
Hay que empezar señalando a toda esa chusma folicularia, mañanera o vespertina, lamerona de las almorranas sanchistas, que salió en tromba, sin poder siquiera limpiarse los berretes de mierda de los labios, para proclamar –siguiendo la consigna gubernativa– que el auto donde se imputaba a Rodríguez Zapatero estaba basado en ‘recortes de prensa’ y en una querella de Manos Limpias. Mientras esa chusma no sea apartada de la profesión periodística y condenada por divulgar intoxicaciones al servicio de gobernantes corruptos; mientras las terminales mediáticas que los acogen no sean refundadas, no será posible salvar España de sus desvalijadores ni sanar a las masas cretinizadas que se alimentan de pasiones sectarias.
También hay que señalar a los mariachis del doctor Sánchez que se acogieron al comodín del victimismo colectivo, tratando de convertir a todos sus votantes en cómplices de la corrupción del búnker sanchista: «No atacan a nuestros presidentes y sus familias, sino al PSOE. Nos atacan a todos», escribió una suripanta sociata con el mayor desahogo. Ciertamente, votar al partido de Estado (no digamos militar en él) exige, en el mejor de los casos, padecer alergia a la sinapsis; pero pretender convertir a las masas cretinizadas que votan al partido de Estado en partícipes de la lepra moral del búnker sanchista constituye una magnífica ironía. Porque el salvamento indecoroso de la compañía Plus Ultra con dinero del contribuyente tan sólo acorrala al doctor Sánchez (y, solidariamente, a sus ministros) como colaborador en el latrocinio. Plus Ultra no se trataba de una empresa estratégica, ni la cantidad que se destinó a su salvamento era proporcionada a sus dimensiones; fue una decisión escandalosamente arbitraria que condena al doctor Sánchez. De ahí que el muy bellaco haya mostrado ‘todo su apoyo’ al imputado Zapatero; pues sabe que los tejemanejes de Zapatero exigieron su beneplácito, como sabe que una condena a Zapatero tendrá que extenderse a él, en calidad de cooperador necesario; salvo, claro está, que el Régimen los proteja a ambos, mediante algún birlibirloque legal, en reconocimiento a su condición de timoneles del partido de Estado. Resulta, en verdad, enternecedor leer los tuits de toda esa patulea que repite, con un cinismo que se finge pánfilo, «Yo creo en Zapatero». ‘Creen’ en un tipo que nos arrastró a la ruina económica; y que, bajo la capa cursi del ‘talante’, azuzó el odio cainita entre españoles, convirtiendo las instituciones en baluartes al servicio del partido de Estado, mientras el adversario político era estigmatizado y expulsado a las tinieblas.
Con motivo de la imputación de Zapatero, desde diversas terminales mediáticas sistémicas se ha calificado a Zapatero de ‘referente del mundo progresista’ y hasta (‘risum teneatis’) de la ‘izquierda’. Ciertamente, referente y adalid del ‘progresismo’ lo es, según la caracterización que Pier Paolo Pasolini realizó del ‘progresismo’ como fuerza al servicio del capitalismo, encargada de consumar la ‘mutación antropológica’ que matase la identidad popular de los trabajadores, que los incapacitase para la defensa de sus derechos laborales y matase su potencial revolucionario, ‘liberándolos’ de los tabúes tradicionales (religiosos, familiares o comunitarios) hasta convertirlos en consumidores hedonistas e individualistas. No hay duda alguna de que Zapatero fue un adalid de este ‘progresismo’ descrito por el genial y clarividente Pasolini, un caniche al servicio del capitalismo. De ahí que se afanase tanto –permítasenos el empleo de la jerga ‘progresista’– en ‘ampliar derechos civiles’; o sea, en desplegar derechos de bragueta que convirtiesen a las clases populares españoles en una infecunda papilla homínida, enviscada en sus orificios, esmegmas e identidades de género, inerme ante los abusos plutocráticos que el propio Zapatero se encargó de ejecutar.
Porque fue Zapatero, no lo olvidemos, quien impulsó la reforma oprobiosa del artículo 135 del bodrio constitucional, privilegiando los intereses de los mercados financieros a las necesidades sociales de los españoles y poniendo la economía nacional al servicio del capital especulativo. Fue Zapatero quien abarató el despido hasta los veinte días por año trabajado, cuando la empresa alega causas económicas; y quien generalizó las indemnizaciones por despido improcedente de treinta y tres días por año trabajado. Fue Zapatero quien retrasó la edad de jubilación hasta los 67 años. Fue Zapatero quien aprobó los llamados ‘desahucios exprés’, anteponiendo las exigencias de la banca a las necesidades de las familias más necesitadas (a las que, para compensar, brindó ‘divorcio exprés’ y aborto a mansalva). Fue Zapatero quien incrementó los tipos del IVA, que –por gravar el consumo por igual, sin atender a la renta– daña especialmente a los trabajadores con menores ingresos. Fue Zapatero quien redujo drásticamente la inversión pública en sanidad y educación, así como en obra pública. Fue Zapatero quien prosiguió la tarea emprendida por sus predecesores de privatización de empresas públicas. Fue Zapatero quien ‘liberalizó’ los horarios comerciales, beneficiando a las grandes cadenas y hundiendo al pequeño comercio. Fue Zapatero, en fin, quien liquidó las cajas de ahorro y desmanteló sus obras sociales, imponiendo su ‘bancarización’ obligatoria, después de que estas instituciones beneméritas, concebidas para fomentar el ahorro y la inversión social, fueran parasitadas por políticos sin escrúpulos que las utilizaron para sus chanchullos inmobiliarios. Todas estas medidas ‘progresistas’ al servicio de la plutocracia las ejecutó Zapatero haciendo muchos aspavientos y mohínes de contrariedad, muchos dengues de damisela contrariada, como si le doliesen en el alma, demostrando que era un soberbio fingidor, como ha vuelto a demostrarlo desde que empezó a rumorearse que estaba involucrado en el rescate de Plus Ultra. Pero ese rescate no es más que el comienzo del inicio del principio de la letrina en la que chapoteaba.
No cabe duda de que Zapatero fue un gran «referente del progresismo», entendido como fuerza al servicio de la plutocracia y el capitalismo. Presentarlo como «referente de la izquierda» es una burla sangrante y desquiciada; y a los burlones que la profieren habría que raparlos al cero, como se hacía con las ‘colaboracionistas horizontales’ del nazismo.
Fuente original y créditos de la imagen: Kontrainfo